lunes, 28 de julio de 2008

El Hombre Roto

Porque teniendo memoria elegí amnesia

porque siendo testigo negué haber estado

porque tendí mi mano pero no la abrí

porque prometí sabiendo que no cumpliría

porque me negué a soñar despierto

porque tuve miedo al miedo

porque conocí al mundo para no conocerme

porque no me atreví a morir de amor

porque me doble en vez de romperme

porque no hice lo necesario soy El Hombre Roto...

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En septiembre de 1995, el Grupo Escombros inauguró el mural-objeto "El Hombre Roto", en una de las paredes exteriores de la Universidad Nacional de La Plata ( Avda 7, esq. 48 ). El Hombre Roto consiste en una figura humana, en actitud de agobio, con un texto inscripto en su cuerpo.

sábado, 28 de junio de 2008

Cuento: Desaparecido

Despertó y abrió los ojos. La cabeza le dolía y fluía un hilo de sangre que bajaba desde la frente hasta la comisura de los labios. La oscuridad no le permitía descubrir dónde estaba.
Aguzó el oído para reconocer algún sonido que le diera una pista: escuchó el vuelo de un avión, el ruido del agua llenando un tanque, una puerta al cerrarse. A su derecha, la respiración y el leve quejido de una persona. No se asustó, pensó fríamente: debo conservar la calma.
Intentó levantarse y no pudo, descubrió una de sus piernas aprisionada por una cadena fijada en la pared. Una capucha de tela áspera cubría su cabeza. Hizo un esfuerzo por recordar qué había pasado, cómo había llegado allí.
Estaba en su casa cuando apareció la policía. Los atendió su compañera. Fueron a investigar y a avisarle que en un enfrentamiento su esposo había muerto acribillado. Lo habían identificado por el documento. La mujer, turbada, esbozó una sonrisa: no podía ser, él se hallaba en la casa en ese momento. Entraron, lo esposaron y lo subieron a un Falcon. Recordó que tiempo atrás había perdido o le habían robado el DNI.
Lo encapucharon, lo golpearon, perdió el conocimiento y ahora permanecía sumido en la oscuridad. Percibió la presencia de otras personas en el lugar: un suspiro, un roce, una tos.
Recordó que cuando lo trajeron estaba oscureciendo, lo obligaron a golpes a subir una escalera que ascendió arrastrando los pies. Lo empujaron y cayó al piso, lo encadenaron, quedó tirado en una especie de altillo y se desmayó. Ahora estaba conciente y era de noche.
Entonces comenzó a comprender…


Guillermo Gerardi

Cuento: Como despertar si tu no estás...

Raúl es un modesto muchacho de barrio de veintidós años, no tiene trabajo y se las ingenia como puede para sobrevivir. Estuvo de novio con Karina pero, una semana atrás, ella lo rechazó y no se vieron más. El pretexto fue que el padre no lo quería, consideraba a Raúl un vago sin futuro. Él no está seguro que ella piense así, aún conserva esperanzas.
Pasa frente a un kiosco, lee en el diario que mañana se festejará el “Día de los Enamorados” y se le ocurre una idea: la irá a ver a su casa cuando el viejo esté en el trabajo, le llevará una rosa e intentará rescatar su amor.
Al día siguiente ella vuelve a rechazarlo, no lo ama.
Raúl, con la cabeza gacha, regresa al hogar de sus padres, toma una botella de ginebra, se sirve una copa y la bebe de un trago. Descuelga el teléfono para llamarla pero no se anima. Está dolorido y sigue bebiendo. El alcohol comienza a hacer efecto, cabecea y apoya la frente sobre la mesa. Un movimiento brusco del brazo vuelca la copa, que cae y se estrella en un archipiélago de cristales.
Desde una radio lejana fluye la voz de Chico Novarro:

Cómo imaginar
Que la vida sigue igual
Cómo si tus pasos
Ya no cruzan el portal…

Cómo he de mentirles
Que mañana volverás
Cómo despertar si tú no estás.

Raúl no la escucha, está dormido. La rosa marchita reposa en el suelo.

Guillermo Gerardi

Cuento inconcluso

Durante tres días mi imaginación se bloqueó, no vino nada a mi mente. Ahora comprendo la angustia del escritor frente a la hoja o la pantalla en blanco.
¡Pero se me acaba de ocurrir un argumento asombroso basado en hechos reales! El mejor cuento, estoy seguro, de todos los que he escrito hasta ahora que, debo confesar, no fueron gran cosa.
Como sabrán estoy concurriendo a un taller de escritura. La sugerencia del profesor es, esta vez, contar una historia distinta a las anteriores: ¡Basta de violencia, basta de cuentos fantásticos, basta de relatos de terror!
Me acomodo frente a la computadora y comienzo una historia familiar basada en mis propias vivencias y en lo relatado en secreto por mis padres. Sin un pacto explícito previo hemos ocultado este episodio vergonzoso de la década del ´80. Los actores que participaron en los hechos y todos los testigos, ya han fallecido; esto me permitirá, sin reproches, hacer público lo ocurrido.
Algunos recuerdos penosos han deteriorado aún más mi frágil salud y a veces pienso o deliro: todo fue un sueño.
Repentinamente el teclado no responde a mis pulsaciones, las letras cambian de lugar, la pantalla titila, me mareo. ¡No sé qué está pasando! O sí lo sé: ¡me está por dar un ataque de epilepsia!
Voy a suspender.
Entro en
con
vul
sio
nes…

Guillermo Gerardi

Cuento: Temor en la Cordillera

La explosión casi lo volteó, sacudió los árboles y en la vivienda varias cosas cayeron al piso. Unas horas antes se habían escuchados fuertes ruidos subterráneos. Hacia el oeste una enorme nube de humo oscureció el cielo. ¿Qué está sucediendo?, se preguntó Manuel. El miedo lo paralizó.
Era guardaparque, vivía en una confortable cabaña en el Parque Nacional Los Alerces, en Chubut, con su mujer Ana y su hijito Daniel, de sólo dos años. La pareja tenía pasión por la naturaleza y los animales silvestres. Se habían radicado en la Patagonia huyendo del clima húmedo y la vida alienante de Buenos Aires. Su hijo padecía de asma bronquial y el pediatra les había recomendado mudarse lejos de la contaminación de la gran ciudad.
Su nuevo hogar estaba a 700 metros sobre la pendiente de una montaña rodeado de uno de los bosques más antiguos del planeta. Desde un mirador natural Manuel vigilaba con sus prismáticos un extenso valle, para detectar principios de incendio, ayudar a los turistas que se internaban por los senderos y resguardar especies en extinción como el huemul, la paloma araucana o el gato huiña. Un radio-transmisor les permitía comunicarse con la Central de Esquel.
La región era un milagro de la naturaleza. Numerosos ríos, arroyos y lagunas conformaban un complejo sistema lacustre. Cerca del río Arrayanes, de transparentes aguas verde azuladas, se extendían un sinfín de árboles del mismo nombre, con delicadas flores blancas y retorcidos troncos color canela. Infinidad de coihues, maitenes, cipreses, lengas y otras especies cubrían las laderas y conformaban una colorida espesura de increíble belleza. A los costados del lago Menéndez, los grandiosos ejemplares de alerces de cuatro mil años eran venerados por la población indígena. Majestuosos, alcanzaban setenta metros de altura y tres de diámetro.
La familia disfrutaba de ese paraíso. Los baños de sol al reparo del viento y algunos remedios naturales habían mejorado la salud de Daniel.
Manuel se movilizaba en moto patrullando sendas y picadas, y a veces viajaba a la ciudad a realizar las compras.

Las explosiones continuaban, Manuel se comunicó con su amigo Martín, en la Central, informándole lo sucedido. Éste, extrañado, a casi cien kilómetros del fenómeno, le contó de movimientos previos detectados por los sismógrafos y arriesgó la posibilidad de un sismo. Se mantendrían en contacto y les informaría apenas supiera algo más.
La familia veía como ascendían columnas de humo, y las cenizas desplazadas por el viento empezaron a caer a su alrededor. Les preocupaba las consecuencias en la salud de Daniel. Se encerraron en la cabaña y taparon sus rostros con paños húmedos. El cielo se tornó oscuro. Los árboles, en toda la extensión del valle, se cubrieron de un polvo blanquecino y el paisaje adquirió una apariencia fantasmal.
Manuel intentó no contagiar la preocupación a su mujer. El cielo empezó a colorearse de rojo. Estaban a sólo cuarenta kilómetros del extraño fenómeno.
Martín les avisó: “Las radios chilenas informan sobre la erupción de un volcán cercano a la frontera, resulta imposible predecir su comportamiento y aconsejan emigrar de la zona lo antes posible”.
Daniel comenzó a mostrar los síntomas de su enfermedad. Jadeaba, tosía y un silbido en el pecho al expulsar el aire indicaba su agravamiento. Los padres lo mantenían hidratado tratando de no trasmitir al pequeño la angustia que la crisis les provocaba.
Manuel sintonizó radios chilenas: “La situación se agrava, han declarado alerta roja y se está evacuando a la población”.
Decidieron escapar a Esquel para internar a su hijo en el hospital. Avisó por radio a su médico y a la Central. Estaba poniéndose el sol, hacía frío y en la espesura del bosque reinaba la oscuridad.

Descienden por una picada, evitan los pozos y las raíces, iluminados apenas por el faro de la moto. En un giro resbalan y casi vuelcan. Siguen bajando. El pequeño empeora, aumenta su tos y la disnea lo ahoga.
Ana, entre sollozos, gime: “Se nos muere, Manuel, apresurate”.
En un claro del bosque encuentran un camino de tierra y más allá la ruta asfaltada. Los campos se ven grises, cubiertos de ceniza. En una hora llegan al hospital donde los espera el equipo médico. Lo internan en terapia. Ana llorando, musita: “Sólo Dios podrá salvarlo”.
Al rato llega Martín. Mientras los acompaña y esperan, les cuenta que el volcán está expulsando lava.
A la madrugada el médico los tranquiliza: su hijo está mejor, le han aplicado oxígeno y ha disminuido la tos. Duerme y lo tendrán en observación dos días más.
Finalmente lo dan de alta. Manuel resuelve regresar a Buenos Aires hasta que la situación cambie.
La pareja con su hijo suben al ómnibus…

Guillermo Gerardi

lunes, 26 de mayo de 2008

Cuento: Destino de pobre

“Hay todo un sistema de poder que trabaja de manera muy
inteligente para convencernos de que las injusticias de la
historia son fatalidades del destino y que no tenemos mas
remedio que aceptarlo”
Eduardo Galeano

Don Evaristo llegó con la familia a pasar el fin de semana en el casco de su estancia. Lo primero que hizo fue revisar el estado de los caballos, encontró uno con las crines desparejas, llamó a Cirilo, lo trató de inútil y lo basureó delante de todos. Él no contestó y bajó la cabeza.
El dueño de esta estancia de Entre Ríos era Evaristo Bengoechea Fuentes, acaudalado terrateniente que residía en un duplex de la capital.
Cirilo Sosa trabajaba como peón, le decían Pibe, tenía veinticuatro años, había nacido allí y sus padres eran los caseros del campo desde hacía mucho tiempo.
Los Sosa habitaban una modesta vivienda de dos habitaciones. La tarea del hijo era cuidar los equinos del patrón, bañarlos, cepillarlos, hacerlos caminar y darles de comer.
Cirilo asistió a la escuela hasta tercer grado y la abandonó a instancias del patrón pues, según éste, la vida hay que ganársela trabajando.
Desde muy pequeño sus padres lo llevaban los domingos a la iglesia. El cura en sus sermones los adoctrinaba: había que comportarse bien, no cometer pecados, ser obedientes con sus padres y sus patrones. Ya tendrían su merecida recompensa más adelante o en la otra vida. No todos los seres humanos eran iguales, y si había pobres y ricos era porque Dios lo quería así. Pobres habrá siempre aseguraba el cura citando la Biblia.
Junto con el patrón vino su esposa, gorda, mandona y más fea que un carancho (como murmuraban en voz baja y entre risas los demás peones) y sus dos hermosas hijas adolescentes (todos se preguntaban a quien habrían salido). Cuando llegaban, el Pibe era el encargado de limpiar la piscina y ponerla en condiciones. Armaba las reposeras, colocaba las mesas y las sombrillas, y su madre cocinaba y servía el almuerzo.
El patrón estaba de buen humor pues la cosecha había sido extraordinaria y los cereales se exportaban a muy buenos precios. A los padres de Cirilo les trajo de regalo alpargatas y ropa de cama, y al Pibe unas botellas de vino y un par de botas nuevas.
Aparecieron las chicas con diminutas bikinis y se zambulleron en la pileta. Cirilo no podía dejar de mirar sus cuerpos casi desnudos, y pensaba que él jamás tendría una mujer como aquéllas. Ni novia tenía. Don Evaristo al ver su actitud lo echó de malos modos.
La noche era cálida y el cielo fulguraba de estrellas. Ya todos estaban en sus dormitorios. El patrón salió a fumar su último cigarrillo junto a la piscina.
El Pibe había estado tomando vino. Antes de acostarse se arrodilló frente a su cama, empezó a rezar como le habían enseñado y rezongó: ¡Qué injusta es la vida, no puede ser que Dios lo permita! Salió a orinar y en la oscuridad la lumbre de un cigarrillo llamó su atención.
A la mañana siguiente llegó la policía: Don Evaristo flotaba en la pileta.
Cirilo desapareció, nunca lo encontraron.
Guillermo Gerardi

José de San Martín

Dijo San Martín: "Seamos libres, lo demás no importa nada". Hay personajes históricos que no caben en los libros y que se salen de ellos para aparecer en el presente de los pueblos cuando estos avanzan en el camino de su emancipación. El general José de San Martín es uno de ellos.
La historia oficial se complace en colocar a San Martín junto a "próceres" como Mitre, Rivadavia o Sarmiento, congelando en el bronce toda diferenciación. Ello es así pues las clases dominantes conocen la importancia de la lucha por los símbolos y nunca han dejado de entender que lo que hoy es historia ayer fue política. Saben que un pueblo que conoce el significado de su propia historia no camina a tientas a la hora de buscar ser dueño de su propio destino

A San Martín le reservaron el inmaculado trono de "Padre de la Patria" que desdibuja sus ideas y su acción detrás del mito escolar construído en el despojo de su relación con la política de la época.
Así, se olvida que a poco tiempo de su llegada al Río de la Plata participa activamente de una asonada político-militar que depone al gobierno de la burguesía comercial porteña digitado por Rivadavia. También se ocultan sus tratos y simpatía por los caudillos federales como Artigas y Francisco Ramirez. Esta visión de los actores políticos y sus intereses junto a su clara interpretación de la revolución como un hecho continental, hacen que anteponga la lucha contra el enemigo principal (el agresor extranjero) a los reclamos de las autoridades de Bs. As. para participar con su ejército en la represión a las montoneras del interior. San Martín comprendió cabalmente que la independencia de su país estaba atada a la de los demás países del continente, no por nada se declaraba miembro del "partido americano". Su visión de nuestra América, al igual que la de grandes figuras como Bolivar, O´Higgins, Sucre o Artigas, era la de una sola Nación balcanizada que era necesario volver a confederar. En cada uno de los nacientes países se alzaba este pensamiento de la América unida frente a las potencias colonialistas de la época.

Tampoco tiene lugar en los discursos para la efeméride el San Martín que llevando a la práctica su visión estratégica, desde la nada se empeña en construir, ante la falta de apoyo y muchas veces la hostilidad de los sectores dominantes, la herramienta para hacer realidad su plan continental de asegurar la emancipación. Organizó el Ejército de los Andes basándose en la planificación e intervención estatal en la economía y la participación popular de los pueblos del interior, porque no sólo fue un genial estratega militar sino también un gran organizador que conocía el espíritu de Independencia y rebeldía que anidaba en sus compatriotas.

Hoy cuando los argentinos volvemos a ponernos de pie, Don José se sale de la vaina para señalar que aún a riesgo de "andar en pelota, como nuestros hermanos los indios" lo único que importa es ser libres. Porque en cada generación existen esos "hombre de coraje" de los que él hablaba, capaces de llevar adelante la gran empresa de luchar para que la patria sea libre.

Y allí estan sus ideas y su acción: anteponer la lucha contra el enemigo principal, el destino común latinoamericano y la necesidad de construir la herramienta para la liberación sintetizando el protagonismo popular con la utilización de las palancas del Estado, para continuar el camino.
Porque apropiándonos para el general San Martín las palabras que dijera Fidel Castro en honor a Bolivar: "El que tenga Patria que la defienda y el que no la tenga que la conquiste" pues ese es el mejor homenaje a su figura.

Cuento: El bosque hechizado

Bajé del auto. Empecé a recorrer el bosque bajo la sombra de los eucaliptos y las casuarinas. El sendero, rodeado de una alfombra de violetas silvestres, refulgía con tonalidades azules y fucsias. A los costados, canteras de conchilla abandonadas cubiertas de vegetación. Siete mil años atrás el mar había invadido el terreno dejando depósitos de restos marinos. En un lugar cercano, en una excavación, se habían encontrado tres esqueletos de ballenas azules. Lo llamaban el bosque hechizado.
Era primavera y hacía calor. A medida que caminaba se espesaba la vegetación, con arbustos, cañaverales y algarrobos, propios de la zona.
Ese día no andaba de buen ánimo, me sentía solo y triste. Se cumplían seis meses de la muerte de mi esposa Laura. La extrañaba, habíamos sido una pareja muy feliz.
Un viejo paisano de la zona, Jesús, me había contado que hacía cincuenta años existía allí un puesto de estancia donde vivía el cuidador con su compañera y cuatro hijos. Habían construido una casa de material, un molino y un bebedero. Siendo joven, solía visitarlos de a caballo para comprarles leche, conversar y tomar mate.
Un día, siguió contando, fue a verlos a media mañana, golpeó las manos y se sorprendió al ver que no salían a recibirlo. Desmontó y se acercó a la casa. Frente a la puerta entornada volvió a llamar y empujó. No había nadie. Buscó en los alrededores, nada.
Se fue al pueblo e hizo la denuncia. La policía revisó el campo, preguntó a los vecinos y en la estación de trenes por si alguien los hubiera visto, pero no hubo pistas. Se habían esfumado. Pasó el tiempo y el hecho se fue olvidando.
El paisano no se animaba a volver. Una noche, tiempo después de la desaparición, vio luces en la casa y escuchó risas de chicos. Sin embargo la casa seguía abandonada. Asustado pensaba que algún ser sobrenatural los había hecho desaparecer pero sus ánimas seguían allí. Vinieron a mi mente los relatos de Lovecraft. ¿Sería el dominio de seres primigenios salidos de un antiguo mar que subsistían ocultos en la profundidad del bosque?
En mis ensoñaciones pensaba en la alegría de reencontrarme con mi mujer, aunque más no fuera con su espíritu.
Empezaba a oscurecer, di media vuelta para regresar. Experimenté un decaimiento que me obligó a sentarme. Estaba cerca del antiguo puesto del que sólo quedaban escombros.
Por un momento enmudeció el canto de los pájaros y el zumbido de los insectos. El sendero se iluminó dejando ver una figura que avanzaba hacia mí: una hermosa mujer vestida de blanco. Al acercarse extendió sus brazos y la reconocí, era Laura. Empecé a balbucear: Laura, mi amor, ¿dónde estabas…? ¡Qué alegría, qué alegría! Y el llanto se apoderó de mí. Con los ojos nublados avancé para abrazarla.
De pronto el cielo se oscureció, tropecé con una raíz y caí. Por unos segundos quedé aturdido. Cuando volví en mí, Laura ya no estaba.

Guillermo Gerardi

Cuento: ¡No juegues con fuego!

A Luciana Phère sus amigos la conocían como Lucy, y los clientes, que acudían a su consultorio buscando ayuda espiritual: como Madame Lucy. Su acento afrancesado le otorgaba un toque interesante y exótico. Tiraba las cartas del tarot, era vidente y astróloga, o por lo menos eso es lo que ella publicitaba en el diario.
Solía reunirse algunas noches, especialmente las de luna llena, con su novio y un matrimonio amigo a practicar la Ouija. Sobre una mesa circular colocaban una copa y el tablero con el abecedario y los números. Sabían que no era un juego, escondía mucho más de lo que parecía al principio. Empezaban el ritual con “¿Hay alguien ahí?”. Habían logrado comunicar con seres del más allá, y a veces suspendían temerosos ante lo desconocido. El verdadero peligro era el contacto con seres de bajas vibraciones, como espíritus burlones, pequeños demonios, poltergeists.
Lucy atesoraba una nutrida biblioteca sobre brujería, magia (blanca, roja y negra), hechicería y ocultismo. Un librero amigo la proveía de novedades.
Esa tarde decidió verlo. Entró al local, lo saludó y se dirigió directamente a las semiocultas estanterías del fondo donde se guardaban los libros más extraños.
No sabía exactamente qué buscaba, quería algo nuevo y fantástico. En el estante más alto le llamó la atención un pequeño libro que sobresalía. Subió la escalerilla y lo tomó entre sus manos. De pronto un fuerte pinchazo hirió su palma izquierda. Lo soltó y el ejemplar cayó ruidosamente. De su mano goteaba sangre. Pensó que había sido un accidente. Bajó, levantó el libro y empezó a examinarlo. Parecía muy antiguo. Estaba ajado como si hubiese sido leído y consultado muchas veces. Sus márgenes tenían anotaciones en lápiz y frases subrayadas. El título atrajo su interés: Magia Negra.
Al comprarlo el librero le advirtió: ¡Tené cuidado, no intentes practicarla! Es magia mala. ¡No juegues con fuego!
Lo leía durante las noches y cuando venía su novio o sus amigos lo ocultaba. Descubrió una hechicería para domesticar potencias ocultas, ponerlas a su servicio y obtener “poder” sobrenatural. Lo pretendido sobrepasaba las limitaciones de la naturaleza humana y el orden de la creación, pero estaba dispuesta a seguir.
El ritual permitía adquirir los poderes de la persona elegida, la que inevitablemente morirá. Por su mente fueron pasando nombres diversos. Y finalmente eligió uno: Satanás. ¿Quién más poderoso que él?
Esa noche, sola, corrió los muebles de la sala para disponer de suficiente espacio. Con una tiza dibujó un círculo y colocó velas encendidas en todo su perímetro. Se sentó en el centro para estar protegida e inició la lectura del ritual. A medida que recitaba en voz alta el cuarto se iluminó con tonalidades rojizas, ascendió la temperatura y el respirar se le hizo insoportable por un agresivo olor acre.
Una explosión la encegueció, y cuando abrió los ojos una figura horrorosa la miraba fijamente. Su respiración se detuvo: era el demonio.
La voz profunda y penetrante de Satanás le gritó: “Estás condenada por toda la eternidad, Lucy Phère. El demonio soy yo y nadie me desafía”.
Extendió una de sus pezuñas hacia ella y debajo de Lucy se abrió un insondable pozo por el que empezó a caer.

Guillermo Gerardi

viernes, 23 de mayo de 2008

Cuento: Dulce juventud

Tengo quince años. Viajo con mi familia en el Dodge 1938 comprado por mi padre justo antes del comienzo de la guerra. En el asiento de adelante van mi papá manejando y mi mamá cebando mate. En el de atrás, mis dos hermanos junto a las ventanillas, y yo en el medio. Es mi eterno destino, soy el menor de los tres.
Vamos cantando “La Cucaracha”, en un coro de aullidos desafinados, contentos ante la perspectiva de pasar el verano en el campo, en una quinta de José Hernández alquilada por la familia para las vacaciones. Dos días después vendrán mi abuela materna, dos tías solteras y otra casada, con mis dos primos.
Llegamos. La vivienda es grande y antigua, con techo de chapa y una galería que la envuelve toda. Está un poco descuidada. Entramos a los gritos con mis hermanos a tomar posesión de los cuartos y las camas. Mi madre abre las ventanas para disipar el olor a humedad. ¡Estamos tan felices!
Un parque abandonado rodea la casa. Corro excitado por entre los canteros y mi pecho se ahoga de emoción. Entre la arboleda los pájaros gorjean un canto de bienvenida.
Mi padre nos invita a visitar al casero y su familia que cultivan el resto de la quinta. Salen a recibirnos él, su esposa y sus hijas, dos hermosas chicas de 14 y 16 años. La menor, Celeste, me mira a los ojos, sonríe y agacha la vista. Surge entre nosotros una inmediata corriente de simpatía.
Nos presentamos y nos llevan a conocer los lotes e invernáculos donde siembran verduras. Una parcela está dedicada a los árboles frutales: naranjos, mandarinos, limoneros, ciruelos. Junto a la casa, una parra y una higuera.
A la tarde salgo a caminar solo. Dos enormes parvas de forraje para el ganado llaman mi atención. Detrás de una de ellas aparece Celeste con un canasto de verduras recién cortadas. Nos turbamos por lo sorpresivo del encuentro pero empezamos a conversar y entramos en confianza. Es hermosa, con largos cabellos rubios, senos pequeños y caderas firmes que ya insinúan a la futura mujer. La acompaño hasta su casa y quedamos en vernos el fin de semana.
¡Llegaron mis primos! Mi papá fue con el auto a la parada del ómnibus a buscar al resto de la familia que venía de Buenos Aires. Hubo besos y abrazos entre todos. Con mis hermanos llevamos a mis primos a recorrer la quinta. Son bichos de departamento y se asombran de todo.
El día está caluroso. Encontramos un tanque australiano y los cinco pensamos lo mismo: a la tarde vendremos a zambullirnos y a nadar en el agua que alimenta el molino. Volvemos a la casa para almorzar y casi no cabemos en la mesa, somos once. No paramos de hablar durante la comida. Bajo la galería seguimos con la charla mientras descansamos en las reposeras.
Los cinco llegamos al tanque, nos sacamos la ropa y nos metemos desnudos en el agua helada. Entramos y salimos, nos zambullimos, entre carcajadas. De pronto descubrimos que las hijas del casero, detrás de unos árboles, nos espían tentadas de risa. Me da vergüenza, ¡qué pensará Celeste! Recogemos nuestras ropas y salimos corriendo a medio vestir.
A la noche juntamos luciérnagas dentro de un frasco, atrapamos sapos y asustamos a las tías. Los chicos jugamos a las escondidas. En la mesa del comedor los grandes se divierten con juegos de cartas.
El sábado, a media tarde, me encuentro con Celeste, como habíamos quedado. Tomo su menuda mano y ella no intenta desprenderla. Recorremos un sendero alejándonos de las casas. No me animo a preguntarle pero ella, riéndose, dice que nos vio cuando nos bañábamos y le gustó mi aspecto varonil. Suelto su mano y paso mi brazo por sobre sus hombros. Me mira y sonríe. Me confiesa que nunca se animó a bañarse desnuda en el tanque. Le pregunto si quiere hacerlo conmigo; no responde pero su actitud denota que no rechaza esa posibilidad. Seguimos charlando, empieza a caer el sol, la acompaño hasta su casa y le robo un beso. A la noche sueño con ella.
Una semana después volvemos a vernos. Hace mucho calor. Le recuerdo mi invitación a bañarnos. Asiente con una sonrisa. Llegamos hasta el molino. Se desviste y queda en ropa interior. Me desnudo y nos sumergimos en el agua cristalina. La abrazo y la beso. La ayudo a quitarse el resto de la ropa. Es una experiencia maravillosa: disfrutar la libertad de nuestros cuerpos desnudos bajo el sol.
Nos abrazamos con ternura. Salimos, la alzo en mis brazos y entre besos la llevo hasta una de las parvas. Tomamos sol hasta secar nuestros cuerpos. La acaricio y hacemos el amor suavemente pese a nuestra inexperiencia. Empieza a oscurecer. Nos vestimos, la acompaño, la despido con un beso y regresamos cada uno a su casa.
Cuando llego, la familia está reunida para la cena, me miran sorprendidos por la tardanza, entro sin dar explicaciones y me siento con orgullo a la mesa.

Tengo ochenta años. Acabo de releer mi escrito. No estoy seguro de que todo sea verdad. Cierta pérdida de memoria y las fantasías que incorporan los recuerdos me hacen dudar. Sé que no tendré mucho tiempo más en este mundo, pero revivir ese episodio de mi adolescencia me hace muy feliz.
Nos seguimos encontrando a solas hasta el final del verano, nadie nos vio; aunque creo que mis hermanos algo sospecharon. Fueron las vacaciones más hermosas de mi vida.
Me despedí de Celeste, ella lloró y prometimos encontrarnos pronto. No regresé a verla…
En mi mente suenan las estrofas del Gaudeamus Igitur que cantábamos en el coro del colegio:

“Alegrémonos pues,
mientras seamos jóvenes.
Tras la divertida juventud,
tras la incómoda vejez,
nos recibirá la tierra”.


Guillermo Gerardi

Cuento: Buenos amigos

- Che, gallego, hacé marchar dos cafés, uno cortado.
Los amigos, ambos jubilados, acostumbraban a encontrarse cada mañana en un bar de la calle Florida. Conversaban sobre las novedades del día y disfrutaban de las maravillosas chicas que al caminar movían las caderas y apuraban el paso para no llegar tarde a la oficina.
Jorge trabajó en un diario y Manuel había sido empleado de comercio.
Pasó una hermosa morocha y Jorge, entusiasmado, exclamó:
-¡Si me la llevo a casa voy a tener flor de Nochebuena!
-No seas fanfarrón- replicó Manuel, -,me parece que por ahí abajo no pasa nada hace rato.
-Si tenés dudas preguntale a tu mujer.
-¡Ojo, te estás pasando, no te metás con mi esposa!
Jorge, prudentemente, guardó silencio por unos minutos.
-¡El gobierno cada vez anda peor!- cambió de tema Manuel, -entre los cortes de ruta, el humo que nos asfixia, las inundaciones y los accidentes de tránsito vamos a desaparecer del mapa.
- Vos siempre contrera, ¡no hay político que te venga bien!
-¡A si!, ¿mirá quien habla? Pasaron los conservas, los radicales, los peronistas y vos no cambiaste nunca, siempre fuiste oficialista.
-No es verdad, yo estaba obligado a respetar la política editorial del diario. De arriba bajaban línea y había que conservar el laburo.
Se quedaron un rato pensativos rumiando las respectivas ofensas. Estaban acostumbrados, todas las mañanas se repetían las peleas.
Para amigarse Manuel sugirió: -¿Querés que pidamos un tostado mixto para compartir?
Jorge lo pensó:
-No sé si me da el cuero, ayer, con la patrona hicimos asado y quedé seco. Pero… bueno, dale.
Después de la tregua Jorge comentó:
-¿Te enteraste del aumento para los jubilados?, lo leí en el kiosco, al pasar.
-Aumento, ¿qué aumento?, miseria querrás decir, lo que cobro cada vez me alcanza menos. Acordate del descuento que nos hicieron. Y después nos pagaron con bonos basura. ¡Atorrantes!
-Pará un poco, yo te explico, va a ser un aumento escalonado que…
-¡Estoy cansado de tus explicaciones, maestro ciruela, vos creés que por haber trabajado en el diario te las sabés todas, me tenés harto!
Se produjo una nueva pausa. Los dos apuntaron sus vistas hacia la ventana y evitaron mirarse a la cara.
Pasó un rato y para romper el incómodo silencio Jorge comentó: -Un compañero del diario me regaló dos entradas gratis para ir al cine. ¿Querés que vayamos esta tarde?
–¿A ver qué?
-Lo que te parezca, miremos la cartelera.
Cada vez que veían una película terminaban peleándose, para uno había sido un desperdicio, lenta y aburrida, tipo cine iraní. Para el otro era una joya, profunda, donde se desnudaba el alma humana, estilo Ingmar Bergman.
Desistieron de ir.
Al salir se sumergieron en la corriente humana de la peatonal. Jorge lo invitó a ver libros de oferta en las librerías de Avenida de Mayo pero Manuel le agradeció y le dijo que no. Tenía que ayudar a su esposa a poner las cortinas del dormitorio.
Se despidieron con un abrazo. Jorge se encaminó a las mesas de saldo pero advirtió con fastidio que se había olvidado de llevar sus anteojos de leer. Rumbeó a Plaza de Mayo para dar de comer a las palomas. En el camino sus comisuras se expandieron en una gran sonrisa y pensó: Qué buen amigo es Manuel, que bien nos llevamos, nunca ni un si ni un no.

Guillermo Gerardi

jueves, 10 de abril de 2008

Cuento: Piqueteros

Luís cruzó corriendo la avenida y subió a la vereda junto a las vías del tren. Sintió una puntada en el abdomen y se ahogó; sus pulmones estaban a punto de estallar. Otros compañeros huían desordenadamente. Una cuadra atrás escuchó los disparos de las itacas que los venían persiguiendo. Sin dejar de escapar zigzagueó para evitar que le apuntaran al cuerpo. La policía estaba tirando con postas de plomo, los cartuchos que caían eran rojos.
Estoy viejo, tengo que adelgazar para bancarme estos trotes, pensó. Continuó exigiéndose aunque ya no aguantaba más. A su izquierda, una alambrada cerraba el paso hacia las vías del ferrocarril y sin pensarlo mucho la saltó. Corrió entre los durmientes hasta que dejó de oír los disparos. Unas cuadras adelante cruzó la avenida y tomó el ómnibus para regresar a su casa.

Apenas ocho años atrás era un operario respetado de la fábrica Peugeot, donde enseñaba el manejo de herramientas de taller a los aprendices. Era un tornero experto y sentía orgullo por su oficio. Su jornada se distribuía entre el trabajo en la fábrica, donde almorzaba con los compañeros, y en el hogar, con su familia y amigos. Los del sindicato le ofrecieron integrar la Comisión Interna. Luís les dijo que él no se metía en política. Y le explicaban que hasta el más mínimo acto de la vida era política. El peor analfabeto era el analfabeto político: no ve, no habla, no participa en los acontecimientos que afectan su vida, no lucha. Luís les agradecía pero su confort de clase media baja y su estabilidad en el empleo le satisfacían plenamente.
Después de veinticinco años en la fábrica había logrado construir una modesta casa de ladrillos en Bosques; vivía con su mujer y sus dos hijos. Tenían televisor, heladera, máquina de coser, bicicletas para los chicos y una pequeña pileta de lona.
Un día en el trabajo se corrió el rumor que cambiarían las máquinas por otras más modernas, que requerirían menos personal, algunos operarios quedarían cesantes. Al mes siguiente Luís recibió el telegrama: lo habían despedido.
Shoqueado y sin entender los motivos, volvió al hogar y le dio la mala noticia a su compañera. Quedó muy amargado y resentido por lo que consideraba una injusticia. ¿Por qué lo habían tratado así cuando él se había portado correctamente?
Durante los primeros tiempos subsistieron con la escasa indemnización que recibió, pero el dinero se iba terminando y Luís no conseguía trabajo. A veces le ofrecían changas pero lo que ganaba no les alcanzaba. Lentamente se iba abandonando y las peleas con su mujer se hicieron más frecuentes. Sus hijos, le reclamaban zapatillas nuevas y al comenzar las clases no pudo comprarles todos sus útiles escolares. La esposa le reprochaba su falta de iniciativa pero él no sabía como explicarle la tristeza que lo embargaba: había cumplido cincuenta y dos años y no conseguiría un nuevo empleo.
Cuando el dinero para la comida ya no les alcanzó le sugirió a su mujer que llevara a los chicos al comedor comunitario del barrio. Sentía mucha vergüenza para acompañarlos.
Sus amigos, casi todos desocupados, se estaban organizando para obtener ayuda de los comerciantes y pelear por una vida digna. Lo invitaron a participar en el Movimiento de Trabajadores Desocupados de Florencio Varela. De esta forma podrían luchar juntos por metas comunes.
Esa tarde, cuando volvió, le dijo a su mujer: “Me invitaron esta noche a una asamblea del MTD para intercambiar ideas sobre cómo superar esta miseria”. Y ella, enojada, respondió: “¿Por qué mejor no salís a buscar trabajo en vez de meterte en cosas raras? ¡Esta vida no la aguanto más!”. Luís, enfadado, pegó un portazo y se fue a visitar al Rengo.
Se conocían de pibes y se tenían mucho afecto. El Rengo había trabajado como albañil hasta que un día funesto se cayó de un andamio y se rompió la pierna. No tuvo buena atención médica y quedó discapacitado. Vivía solo y recibía ayuda de sus amigos y de algunos comerciantes.
Luís le confió sus problemas: “Las cosas van cada vez peor con mi mujer y me parece que nos vamos a separar. Siempre se enoja conmigo, como si yo tuviera la culpa. Me siento un inútil”. “No te preocupes”, le respondió su amigo, “si te parece vení a dormir a casa por unos días hasta que las cosas mejoren”.
Esa noche fue a la Asamblea. En un viejo galpón estaban reunidos alrededor de doscientos cincuenta vecinos. Cuando entró se acercaron varios a saludarlo y se alegraron de verlo. Estaban discutiendo cuál sería el mejor método de lucha para hacerse visibles ante la opinión pública, para que los tomaran en cuenta y que sus demandas se hicieran conocidas. En varias oportunidades habían cortado la ruta en Varela, pidiendo alimentos, trabajo y algún subsidio, pero ahora planeaban algo más grande.
El mate (en realidad, varias rondas de mate) circulaba de mano en mano. Lo primero que llamó la atención de Luís fue que cualquiera podía hablar, expresar su opinión y sus palabras eran escuchadas con respeto sin que alguien en particular liderara la Asamblea. Si había disidencias y los ánimos se caldeaban se votaba y se aceptaba lo que decidía la mayoría. Un compañero informó que para el miércoles de la semana siguiente tenían un plan conjunto con otras organizaciones de desocupados: cortar los puentes de entrada a la ciudad de Buenos Aires. Un gran piquete, que los pondría en los titulares de los periódicos y en la televisión. Después de un breve debate se aprobó por mayoría.
A la noche Luís le avisó a su esposa, se despidió, abrazó a sus hijos y se mudó a la casilla del Rengo. Quería participar en la movilización sin los reproches de su mujer. Con otros compañeros trabajó activamente el fin de semana preparando bidones con agua, comida y ropa de abrigo para el piquete. Estaban en junio y hacía frío.
La semana siguiente salieron muy temprano rumbo a la ciudad. La policía los estaba esperando. Era una trampa. Hubo un gran enfrentamiento con palos, gases y balas. Y ahí se produjo el desbande.

Luís bajó del ómnibus y fue directo a lo del Rengo. Lo recibió su amigo con el rostro desencajado. “¡Mataron a dos de los nuestros! Lo están pasando por la tele. ¡En la estación Avellaneda fusilaron a Kosteki y Santillán!”.

Guillermo Gerardi

sábado, 5 de abril de 2008

Cuento: Experimento abominable

A usted me dirijo, profesor.
Quiero empezar por aclararle que me desagradó el tono confianzudo y agresivo de su “Experimento literario”, trabajo práctico inspirador para que construyamos un relato.
Siempre nos hemos tratado de usted con mucho respeto. Por lo que no comprendo el inicio de su nota: “Atendé bien lo que voy a decir… Si, a vos te hablo, ¿a quién otro si no?”. ¿Desde cuándo el tuteo? Y sigue así como perdonavidas, tratándonos de ridículos y tramposos.
Apoyar y presionar el dedo sobre su hoja, como sugiere, para que penetre en el papel es un absurdo, si es que lo dice en serio. Continuar empujando para que la mano se vaya enterrando en un barro inmundo es abominable. O pretende que actuemos como Alicia a través del espejo. ¿Con qué nos encontraremos del otro lado: un viaje al futuro, un mundo paralelo, un regreso al pasado? ¿Y cómo volveremos? Todo esto me parece producto de una mente febril o una tomadura de pelo y me ofende. Si alguna vez hubo entre nosotros, implícito, un contrato didáctico, acaba de finalizar. Como dice en su hoja: “¿Está de acuerdo?” (…)

Sin embargo quiero probar, por absurdo que parezca. Apoyo mi dedo índice donde dice ACÁ. Por unos segundos no experimento nada y me siento como un boludo. De a poco me invade un cosquilleo que va subiendo por mi brazo. Y bruscamente mi mano empieza a atravesar el papel. Siento un tirón y algo (o alguien) me agarra de la muñeca desde el reverso de la hoja y tira. Horrorizado caigo hacia atrás y saco el brazo cubierto por una sustancia viscosa y maloliente. ¡El profesor tenía razón…! Me tranquilizo, mi parte racional toma el control aunque aún huelo desagradable. ¡No puede ser, es una alucinación! La hoja, a mis pies, permanece intacta en el suelo y no me animo a levantarla.
¿Qué ha pasado? ¿Hipnotismo, macumba, brujería, un pacto diabólico?

Si esta situación se aclara y existe la posibilidad remota de continuar con las clases tendrá que tener preparada una buena explicación y una disculpa. Y no sólo a mí, sino a todas las tiernas compañeras de curso que se han sentido tan perturbadas por lo que insinúa el experimento.
Bueno, a partir de ahora es su decisión…

Guillermo Gerardi

Cuento: Poroto, mi amigo

A Poroto lo conozco desde el primer grado de la escuela primaria. Un día, siendo ya grandes, nos peleamos fiero. Nos dejó de saludar, no sólo a mí sino a toda la barra de amigos. Pero al mes no soportó más y se amigó de nuevo. Todavía en las charlas de café, cuando nos acordamos de los motivos de la pelea, las risas atronadoras se escuchan en todo el barrio, aunque tratamos de que Poroto no ande cerca.
Les cuento. Poroto dice que a los gustos hay que dárselos en vida. Pensamiento bastante obvio, por cierto, pero que viniendo de él no debiera sorprendernos. Siempre ha sido optimista, cuando se le ocurre una idea, por fantasiosa que sea, no se detiene hasta verla hecha realidad.
Poroto fue lector de niño, por sus manos pasaron todas las novelas de Sandokán, “Tarzán de los Monos” y los relatos del “Libro de la Selva”. Aunque nació y vive en Berazategui y su viaje más lejano ha sido a las playas de Mar de Ajó, sus pensamientos giran alrededor de aventuras en lugares remotos, desiertos y junglas.
Nuestra maestra de lenguaje de cuarto grado, Clarita, le había inculcado el placer por la lectura, haciéndonos leer novelas de Julio Verne. En medio de la lectura y de los incidentes del relato Poroto se transformaba en protagonista, en héroe que salvaba a sus compañeros enfrentando todos los peligros y enamorando a la “chica”.
Cuando promediaba el quinto grado tuvo que abandonar la escuela ya que su padre lo puso a atender el kiosco familiar.
Poroto es de mediana estatura, cabezón, con cabellos color mostaza y una incipiente panza producto de las pizzas y la cerveza que comparte con su grupo de amigos. Ellos lo quieren pese a su carácter infantil. Había tenido éxito en los negocios y pudo abrir dos kioscos más: uno lo atendía personalmente y el otro, un amigo.
Pero volvamos al relato. Cuando cumplió los cuarenta tomó una decisión que su buen pasar económico le permitía y que cambió su vida. Residía en un barrio tranquilo donde se saludaba con casi todos los vecinos, que le querían por su carácter amistoso. La mayoría tenía mascotas: gatos, perros, canarios, tortugas y hasta algún mono. Pero Poroto deseaba algo distinto. Decidió adoptar un camello.
Se imaginaba cruzando el desierto del Sahara, a lomo de Camel (como se había anticipado a bautizarlo), para combatir a los feroces tuaregs, los hombres azules, en nombre de “la civilización”. Mientras tanto estaba seguro que de llevarlo a las playas de Mar de Ajó podría aprender a cabalgarlo sobre las dunas. ¿Pero dónde conseguiría al animal?
Visitó zoológicos y recorrió circos a la espera de encontrarlo. Así pasó más de un año y su ansiedad crecía en las largas vigilias atendiendo su kiosco.
Me enteré que en Avellaneda había un circo que estaba por cerrar y vendía todos sus animales. Le avisé a Poroto, quien decidió ir de inmediato, aunque yo no pude acompañarlo. Al día siguiente, nos dijo que había comprado su mascota y se la entregarían una semana después, una vez arreglados los papeles.
A la noche nos reunimos los amigos y Poroto, eufórico, nos contó cómo la había elegido. Con tono de maestro ciruela empezó el relato: “Me mostraron cinco animales de patas largas y delgadas, cuello curvado y con labios colgantes. El que compré es enorme, con pelaje color pardo. Para los habitantes del desierto, no hay nada más valioso que un camello. Es su mejor auxiliar para el comercio, transporte y caravanas”. El dueño del circo le explicó que se alimentaba de hojas, ramas y hierbas y que en sus viajes por el desierto absorbía el agua necesaria de los vegetales verdes.
A la semana, bien temprano, fue a buscarlo. Pensaba venirse cabalgando desde Avellaneda. De solo imaginarlo ya nos tentábamos de la risa. Uno le sugirió: ”Ponete un turbante y babuchas para no desentonar”.
Lo esperamos todo el día y recién apareció casi anocheciendo. Venía tirando de una soga a la que estaba atado el animal. Era tarde de manera que no vimos mucho cuando lo guardó en el galpón del fondo de su casa y nos acompañó al café a festejar. Estábamos muy ansiosos por escuchar su relato. Cuando entramos la luz iluminó a Poroto y recién pudimos ver su estado deplorable: tenía un enorme chichón en la cabeza y su cuerpo lleno de moretones. Empezó a contarnos: “Subí al camello para venir al trotecito lento, pero al primer paso me deslicé de su joroba y caí al pavimento. Lo repetí varias veces más con igual resultado. La gente vivaba y aplaudía cada uno de mis intentos. Finalmente tuve que venir caminando y por eso me demoré tanto”. Se escucharon algunas risitas que fueron sofocadas rápidamente. Quedamos en que a la mañana siguiente iríamos a ver a Camel.
Al otro día aún no eran las ocho y ahí estábamos llenos de curiosidad. Poroto nos hizo entrar y rápidamente nos dirigimos al fondo de la casa. Abrimos el galpón y Poroto sacó el animal a la luz del sol. Al verlo estalló una risa incontenible que no cesó por un buen rato. No pude contenerme y exclamé: “No es un camello, no ves que tiene una sola joroba, es un dromedario. Con razón…”. Poroto, indignado, replicó: “No seas ignorante, pelotudo, qué me vas a enseñar vos, claro que es un camello. Si sabré reconocerlo, mi viejo vendía cigarrillos importados, yo siempre miraba el atado de Camel y tenía una sola joroba”.
Por suerte nos reconciliamos y seguimos siendo buenos amigos…

Guillermo Gerardi

martes, 11 de marzo de 2008

Son de negros en Cuba

Cuando llegue la luna llena
iré a Santiago de Cuba,
iré a Santiago,
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Cantarán los techos de palmera.
Iré a Santiago.
Cuando la palma quiere ser cigüeña
iré a Santiago.
Y cuando quiere ser medusa el plátano,
iré a Santiago
con la rubia cabeza de Fonseca.
Iré a Santiago.
Y con la rosa de Romeo y Julieta
iré a Santiago.
Mar de papel y plata de monedas
Iré a Santiago.
¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas!
Iré a Santiago.
¡Oh cintura caliente y gota de madera!
Iré a Santiago.
¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco
!Iré a Santiago.
Siempre dije que yo iría a Santiago
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Brisa y alcohol en las ruedas,
iré a Santiago.
Mi coral en la tiniebla,
iré a Santiago.
El mar ahogado en la arena,
iré a Santiago,
calor blanco, fruta muerta,
iré a Santiago.
¡Oh bovino frescor de cañavera!
¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!
Iré a Santiago.

Federico García Lorca

viernes, 7 de marzo de 2008

Sabiduría celta

Tiempo atrás, un conocido periodista quiso entrevistar a un jefe indígena sudamericano. La condición que éste puso fue pasar previamente un rato juntos. El periodista aceptó descontando que tendrían una "conversación normal". A solas se sentaron enfrentados mirándose a los ojos, largamente y en silencio. Al principio, el periodista sintió terror ya que le parecía que su vida estaba totalmente expuesta a la mirada y el silencio de un extraño.

Después él también pudo profundizar su propia mirada. Y así, se contemplaron por más de dos horas. Al cabo de ese tiempo, era como si se hubieran conocido toda la vida. La entrevista era innecesaria.

Mirar la cara de otro es penetrar a lo más profundo de su vida. Generalmente y con mucha ligereza damos por sentado que compartimos un solo mundo con los demás. Pero en un nivel más profundo, cada uno es custodio de un mundo privado, individual. Sin querer, fingimos pertenecer al mismo mundo, pero estamos más solos de lo que pensamos. Cuando alguien te visita en tu casa, se hace presente corporalmente, trae a tu casa su mundo interior, sus vivencias y memoria a través de su cuerpo. Mientras dura la visita, su vida no está en otra parte, está ahí con vos, buscándote. No son sólo dos cuerpos, sino dos mundos que se unen.

De "El libro de la sabiduría celta". Edición Emecé.

domingo, 24 de febrero de 2008

Los Mitos de Chtulhu

Siendo adolescente leí por primera vez “El que acecha en el umbral” de H.P. Lovecraft y August Derleth. Estos dos escritores norteamericanos, el último discípulo y seguidor del primero, me estremecieron con el “horror cósmico” de sus novelas. Continué con “Los mitos de Cthulhu” donde aparecían los dioses amorales de Lovecraft (dioses primigenios) y que continuaron con los dioses arquetípicos de Derleth que incorporaban un factor moral.

Los cuentos de Lovecraft expresan la soledad y la pequeñez de lo humano en un universo infinito y amoral, azaroso y hostil, carente de significado y angustiosamente ajeno a nuestras preocupaciones y cavilaciones. El miedo ya no lo provoca el morboso encuentro con cadáveres o espíritus, sino la conciencia de nuestra situación en el mundo."

Puede considerarse a "Los Mitos de Cthulhu" como un trabajo colectivo que fue creciendo con las aportaciones del llamado Círculo de Lovecraft, un grupo de escritores formado por el propio Lovecraft, Clark Ashton Smith, Robert E. Howard, Robert Bloch, August Derleth, Frank Belknap Long, Henry Kuttner, E. Hoffman Price y otros. También fueron incluidos aportes provenientes de escritores anteriores como Ambrose Bierce, Algernon Blackwood, Arthur Machen o Robert W. Chambers y de algunas mitologias como la árabe, la polinesia o la sumeria.

Imagina que el mundo que conoces (o crees conocer) no es más que una farsa. Imagina que el hombre no es el único habitante inteligente del planeta, y ni mucho menos el más poderoso. Imagina que, sin saberlo, somos mero ganado, esclavos en potencia, de unos seres primigenios casi dioses que llevan aquí un tiempo indefinido, y para los cuales somos unos insectos recién llegados.
Leyendo a Lovecraft en sus relatos de "Los Mitos", adoptamos el rol de sus personajes, gente que cree conocer bien el mundo que le rodea, pero que poco a poco va descubriendo horrorizada cómo el Dios en el que cree, ese anciano bondadoso de barba blanca, es un mero producto de la imaginación humana, y que, existen dioses, si, seres superiores y más antiguos que el mismo tiempo, pero de una maldad absoluta y aterradora, que nos observan aguardando el momento de su regreso, momento en el que cambiarán para siempre la faz de la tierra, a su espantosa imagen. Es una batalla que el ser humano no puede ganar. "...Sólo notaréis su presencia en la inmundicia que generan. Sus manos ciñen vuestro cuello, pero no los veis, e incluso habitan entre vosotros... El hombre reina ahora donde ellos reinaron antaño, pero volverán a reinar donde ahora reina el hombre. Esperan, pacientes y poderosos, puesto que Ellos volverán a reinar sobre la tierra."

Pese a que Lovecraft creó a la mayor parte de los "dioses primigenios" de su terrorífico panteón cósmico, incluyendo al gran Chtulhu, nunca se refirió a su cosmogonía particular como "los mitos de Chtulhu". Ese es un término que acuñaron sus muchos seguidores y amigos, la gran mayoría escritores como él.
Lovecraft, un hombre tímido e introvertido, era, según dicen, una persona muy afable y siempre presta a responder todas las cartas de sus lectores y amigos.

El término "Mitos de Chtulhu" hace referencia a la extraña cosmogonía que inventó, y que prácticamente redefinió el género de terror a principios del siglo pasado.

Mediante el azar en algunos casos, y en otros mediando algún manuscrito antiguo, libro prohibido de fórmulas mágicas o un incunable compendio de ancestral sabiduría, sus personajes van tomando contacto con ese mundo desconocido que, según Lovecraft, nos rodeaba pero éramos incapaces de ver. De manera absolutamente verosímil, el aterrado protagonista relataba sus experiencias, las circunstancias que le llevaban a escribir ese relato ("no me cabe duda de que me tildarán de loco, pero el mundo debe conocer los espantosos horrores que nos acechan"). Con una fina psicología, Lovecraft hacía, él mismo, de abogado del diablo. Consciente de lo increíble de sus propuestas, ponía en la boca de sus personajes las mismas dudas y explicaciones que cualquiera de nosotros intentaríamos darle a esos siniestros y misteriosos acontecidos. Pero poco a poco la pavorosa verdad se iba mostrando ante nuestros ojos... hasta llegar a un clímax en el que una horrenda presencia se manifestaba, para espanto del protagonista (que solía acabar loco, muerto o algo peor).

"Los Mitos de Chtulhu" son un compendio de dioses, semidioses, seres primigenios, y espantosas criaturas, todos ellos de aspecto y naturaleza bastante desagradable, que pueblan el universo, y algunos de los cuales habitan en este mundo. Su número ha ido creciendo con los años, ya que pocos seguidores de Lovecraft (como August Derleth, Robert Bloch o Brian Lumley) se han resistido a la tentación de crear nuevos dioses y nuevas criaturas. Por ello, es casi imposible hacer una relación detallada de todos ellos, ya que se necesitaría mucho espacio para ese propósito.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Abrazos

Con la costumbre de abrazarse pueden alcanzarse muchas cosas que tal vez nunca hemos imaginado. Los terapeutas modernos dicen que entre ellas se logra ver el mundo de diferente manera, también se consigue deshacer el miedo y hasta retrasar el envejecimiento. ¡Vaya virtudes! Sin embargo, estamos inhibidos de hacerlo y, por lo tanto, todos sabemos que los abrazos hoy en día son un bien escaso y casi tabú.
La prueba de lo poco acostumbrados que estamos a asistir a un abrazo de amor es la forma de cómo hace un tiempo una información cayó como un balde de agua fría en las redacciones y entre los científicos de todo el mundo: “Arqueólogos italianos han descubierto los restos de una pareja de jóvenes sepultados hace 6000 años entrelazados en un abrazo. La persona que lideró el equipo en su excavación dijo: Debo decir que cuando los encontramos nos emocionamos mucho, es un caso extraordinario”.
Tal vez lo verdaderamente extraordinario se encuentre en la coincidencia del lugar en donde fueron encontrados esos esqueletos, la localidad italiana de Verona, donde William Shakespeare ambientó su Romeo y Julieta. Sin embargo, el interrogante que preocupa a todos es conocer la causa de que terminaran en un gran abrazo y no de otra forma. Los investigadores no recaban en qué circunstancias murieron, sino el porqué estaban acariciándose y mirándose a los ojos frente al inminente final. ¿Pero acaso, no morían abrazados los cristianos en las arenas del circo romano?, ¿no ocurría lo mismo con los judíos en los campos de la Alemania nazi, o con los desaparecidos de Argentina? Algunos pueden decir que eran perseguidos. Otros dirán “por algo será”. Algún experto sostendrá que en el Neolítico se producían sacrificios humanos. Habrá hasta quienes digan que el amor empieza por las tripas, sigue por la cabeza y termina en los abrazos. Otros filosóficamente afirmarán: “Los buenos mueren jóvenes”. También se puede pensar que detrás de ellos estaban sus necias familias de Montescos y Capuletos. Lo cierto es que el hecho se constituye en un hermoso mensaje de amor, dado que algunas veces un abrazo es todo lo que necesitamos para iluminar nuestras vidas y para permitirnos ver la realidad.
Un ejemplo tentador nos queda. Verdaderamente dan ganas de algún día poder encontrarnos con piqueteros del amor parando el tráfico de las avenidas y portando carteles que digan: “¡Abrazos gratis para quienes lo necesiten!”. Pero falta mucho tiempo para esto. Tal vez varios milenios más. Mientras tanto, los “Amantes de Valdaro”, como ya ha sido bautizada la pareja de jóvenes hallados, serán recuperados sin ser separados, y así serán exhibidos en el Museo Arqueológico Nacional de Mantua, Italia. Y es de esperar que respeten su decisión del abrazo eterno e inmortal y perdure su mensaje durante los sucesivos 6000 años.


Juan Disante

viernes, 15 de febrero de 2008

Dime dónde están las flores...

(Fragmento…)

Leer Sin novedad en el frente y escuchar a Marlene Dietrich en "Dime dónde están las flores", a todo ser sensible lo conmueve y lo mueve a creer en la paz y el abrazo entre todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Hoy, con la guerra de Bush y la cobardía de los bufones gratuitos cuentan más que nunca los versos de la canción de Marlene cuando al final de la última guerra cantaba con una tristeza llena de enorme melancolía y sed de justicia a los jóvenes que marcharon a la guerra y fueron despedidos con flores por emocionadas muchachas:

Dime dónde están las flores


Dónde finalmente quedaron,
Dime dónde están las flores
Dime lo que sucedió
Dime dónde están las flores
que las jóvenes cortaron tan rápido
¿Cuándo podremos comprenderlo?
¿Cuándo podremos comprenderlo?

Dime dónde quedaron las jóvenes
Sí, dónde quedaron
Dime dónde están las jóvenes
¿Qué es lo que sucedió?

Dime dónde están las flores
Los hombres las recogieron rápido.
¿Cuándo lo podremos comprender?
¿Cuándo lo podremos comprender?

Dime, ¿dónde están los hombres?
¿Por qué no regresaron?
¿Dime qué es lo que sucedió?
¿Dime qué es lo que pasó?

Dime dónde están los hombres
Que partieron cuando comenzó la guerra
¿Cuándo podremos comprenderlo?
¿Cuándo podremos comprenderlo?

Dime dónde están los soldados
Dime lo que les sucedió
¿Dime dónde quedaron?
¿Dime dónde quedaron?

Dime dónde han quedado
Dónde el viento sopla en sus tumbas
¿Cuándo podremos comprenderlo?
¿Cuándo podremos comprenderlo?

Dime dónde están las tumbas
Dime dónde quedaron
Dime lo que sucedió
Dime lo que les sucedió

Dime qué pasa en verano
Cuando la brisa mece las flores
¿Cuándo podremos comprender?
¿Cuándo podremos comprender?

La voz se pierde, como un poema que no tiene fin. Ya marchan nuevos soldados. Ojalá que a ellos no les cante nadie. Ni haya mujeres jóvenes que les entreguen flores. Ellos van a matar. A matar las flores, la vida. ¿Dime, cuándo podremos comprender? ¿Por qué el hombre mata, quiere matar, le pagan por matar y sigue matando? Dime, ¿cuándo podremos comprender?

Osvaldo Bayer

miércoles, 13 de febrero de 2008

Acerca de los mails

DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS

Después de un análisis de los contenidos de los mails que he enviado y los que he recibido asumo los siguientes compromisos a partir de la fecha:

* No enviaré mails que haya recibido sin antes evaluar si su contenido le puede interesar a quienes se los mando.
* En todos los casos escribiré en Asunto una frase que aclare el contenido. No es agradable recibir correos con el asunto en blanco. Obligan a abrirlo para saber cual es el objeto del mismo.
* No reenviaré cadenas basuras que terminen amenazando con calamidades terribles si se la corta o bienaventuranza eterna si se envía a toda la lista de direcciones. O sea, no enviaré cadenas.
* No distribuiré PowerPoints que podrían perfectamente enviarse como un simple archivo de Word o con letras que aparecen y desaparecen, con música romántica de fondo, fotos tontas, contenido lacrimógeno como para angustiarse y que además son pesadísimos (para los que no tienen banda ancha)
* Vigilaré el tamaño de los archivos que envío. A veces recibo fotos que ocupan 2 ó 3 pantallas. Con un programa de gráficos (Photoshop o similar) es posible reducir su tamaño (por ejemplo 18 cm. de ancho y proporcionalmente de alto) para que entre en una sola pantalla.
* No agregaré comentarios como “Estos chistes son buenísimos” o “Te vas a morir de risa”. No todos tenemos el mismo sentido del humor, aunque creo que la gente inteligente tiene olfato y criterio como para evaluar qué enviar y qué no.
* No reenviaré textos alarmistas (“cuidado con un nuevo virus”) o sensibleros (“mi hijo requiere una operación urgente”) sin antes verificar con la persona o institución mencionadas en su contenido (a veces aparece una dirección de mail y es posible contactar a dicha persona para confirmar si la información es verdadera) Lo he hecho varias veces y ¡siempre! me han confirmado que es falsa.
* No enviaré un mail anunciando un archivo adjunto y olvidarme de enviarlo (es un pecado venial de principiantes)
* No enviaré mails con un archivo adjunto que te envía a otro mail, y a otro y a otro..., etc. con largas listas explicitas de direcciones que son aprovechadas por algún sinvergüenza para luego enviar publicidades (spam)
* Trataré de usar mayúsculas lo menos posible. Si quiero resaltar alguna palabra trato de hacerlo con negrita. Escribir con mayúsculas significa que uno está gritando. Respetaré los signos de puntuación y si el tiempo me lo permite revisaré todo el texto antes de enviarlo.
* Cuando responda a un mail trataré de borrar toda aquella información que sea superflua (mensajes del antivirus, texto del mail que me enviaron, direcciones explícitas, publicidad, etc.)
* Cuando, después de haber tenido en cuenta todo lo anterior decido enviar a mis amigos y conocidos un mail de calidad pondré sus direcciones como copia oculta (CCO)
* Siempre contestaré los mails, ya sea para agradecer, criticar o simplemente para dar acuse de recibo. Y si me han preguntado algo o me piden cierta información la contestaré. Si no parece un diálogo de sordos.

Este es mi compromiso. Si estás de acuerdo en adoptarlo aumentaremos la calidad de los mails y disminuiremos el tráfico en la WEB.

Guillermo

sábado, 9 de febrero de 2008

Si me permiten hablar…

“El enemigo principal, ¿cuál es? ¿La dictadura militar? ¿La burguesía boliviana? ¿El imperialismo? No, compañeros. Yo quiero decirles estito: nuestro enemigo principal es el miedo. Lo tenemos adentro”
Testimonio de Domitila, una mujer de las minas de Bolivia

Si me permiten hablar…" demandó Domitila Barrios de Chungara en la Tribuna del Año Internacional de la Mujer, organizada por la ONU y realizada en México en 1975.

Pidió la palabra y no se la dieron, entonces se levantó de su asiento y alegó: "Perdonen ustedes que esta Tribuna la convierta en un mercado. Pero fui mencionada y tengo que defenderme. Miren que he sido invitada a la Tribuna para hablar sobre los derechos de la mujer…" y mientras seguía exponiendo sus ideas, se acercó a ella la presidenta de la delegación mexicana y le dijo: -"Hablaremos de nosotras, señora… Nosotras somos mujeres. Mire, señora, olvídese usted del sufrimiento de su pueblo. Por un momento, olvídese de las masacres. Ya hemos hablado bastante de esto. Ya la hemos escuchado bastante. Hablaremos de nosotras… de usted y de mí… de la mujer, pues". Entonces Domitila, la mujer de las minas de Bolivia le contestó: -"Muy bien, hablaremos de las dos. Pero, si me permite, voy a empezar. Señora, hace una semana que yo la conozco a usted. Cada mañana usted llega con un traje diferente; y sin embargo, yo no. Cada día llega usted pintada y peinada como quien tiene tiempo de pasar en una peluquería bien elegante y puede gastar buena plata en eso; y, sin embargo, yo no. Yo veo que usted tiene cada tarde un chofer en un carro esperándola a la puerta de este local para recogerla a su casa; y, sin embargo, yo no. Y para presentarse aquí como se presenta, estoy segura de que usted vive en una vivienda bien elegante, en un barrio también elegante, ¿no? Y, sin embargo, nosotras las mujeres de los mineros, tenemos solamente una pequeña vivienda prestada y cuando se muere nuestro esposo o se enferma o lo retiran de la empresa, tenemos noventa días para abandonar la vivienda y estamos en la calle. Ahora, señora, dígame; ¿tiene usted algo semejante a mi situación? ¿Tengo yo algo semejante a su situación de usted? Entonces, ¿de qué igualdad vamos a hablar entre nosotras? ¿Si usted y yo no nos parecemos, si usted y yo somos tan diferentes? Nosotras no podemos, en este momento, ser iguales, aun como mujeres, ¿no le parece?…"

En aquel momento, se acercó otra mexicana y le dijo: -"Oiga usted: ¿Qué quiere? Ella aquí es la líder de una delegación de México y tiene la preferencia. Además, nosotras aquí hemos sido muy benevolentes con usted, la hemos escuchado por la radio, por la televisión, por la prensa, en la Tribuna. Yo me he cansado de aplaudirle".

Domitila le respondió: -"Oiga, señora ¿y quién le ha pedido sus aplausos a usted? Si con eso se resolvieran los problemas, manos no tuviera yo para aplaudir y no hubiera venido desde Bolivia a México, dejando a mis hijos, para hablar aquí de nuestros problemas. Guárdese sus aplausos para usted, porque yo he recibido los más hermosos de mi vida y ésos han sido los de las manos callosas de los mineros."

miércoles, 6 de febrero de 2008

Las Malas Palabras

Roberto Fontanarrosa es saludado amablemente por el Presidente de la Real Academia Española, Victor García de la Concha (uy, una mala palabra!!!).
Ponencia presentada en el III Congreso Internacional de la Lengua Castellana, que se realizó en Rosario, Argentina, en 2004.

No sé que tiene que ver con lo de la internacionalización, que, aparte, ahora que pienso, ese título lo habrán puesto para decir que una persona que logra decir correctamente in-ter-na-cio-na-li-za-ción es capaz de ponerse en un escenario y hablar algo —porque es como un test que han hecho—. Algo tendrá que ver el tema, éste, el de la malas palabras, por ejemplo, con éste, como el que decía el amigo Escribano (José Claudio Escribano). Se nota que es tan polémica esta mesa que es la única a la que le han asignado "escribano" para que se controle todo lo que se dice en ella. Es un aporte real en cuanto al intercambio. Me ha tocado vivir, cuando he tenido que acompañar a la Selección Argentina a partidos (de fútbol) en Latinoamérica. El intercambio que hay en esos casos de este lenguaje es de una riqueza notable; es más, en Paraguay nos decían "come gatos" que es, estrictamente para los rosarinos, "un rosarinismo". Un Congreso de la Lengua es, más que todo, para plantearse preguntas. Yo, como casi siempre hablo desde el desconocimiento, me pregunto por qué son malas las malas palabras, quién las define como tal. ¿Quién y por qué? ¿Quién dice qué tienen las malas palabras? ¿O es que acaso les pegan las malas palabras a las buenas? ¿Son malas porque son de mala calidad? ¿O sea que cuando uno las pronuncia se deterioran? ¿O, cuando uno las utiliza, tienen actitudes reñidas con la moral? Obviamente, no se quién las define como malas palabras. Tal vez sean (ellas) como esos villanos de viejas películas —como las que nosotros veíamos—, que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos. Tal vez nosotros, al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas. Lo que yo pienso es que brindan otros matices, muchas de ellas. Yo soy fundamentalmente dibujante, con lo que uno se preguntará: ¿qué hace ese muchacho arriba del escenario? Manejo muy mal el color, por ejemplo, pero a través de eso sé que cuanto más matices tenga uno, más puede defenderse, para expresarse, para transmitir, para graficar algo; entonces: hay palabras, palabras de las denominadas malas palabras que son irremplazables, por sonoridad, por fuerza, algunas incluso por contextura física de la palabra. No es lo mismo decir que una persona es tonta o zonza que decir que es un pelotudo. Tonto puede incluso incluir un problema de disminución neurológica realmente agresivo. El secreto de la palabra pelotudo, ya universalizada —no sé si está en el diccionario de dudas—, está en que también puede hacer referencia a algo que tiene pelotas. Puede hacer referencia a algo que tiene pelotas, que puede ser un utilero de fútbol que es un pelotudo porque traslada las pelotas; pero lo que digo, el secreto, la fuerza, está en la letra t. Analicémoslo —anoten las maestras—: está en la letra t, puesto que no es lo mismo decir zonzo que decir peloTudo. Otra cosa, hay una palabra maravillosa que en otros países está exenta de culpa —esa es otra particularidad, porque todos los países tienen malas palabras pero se ve que las leyes de algunos países protegen y en otros no—, hay una palabra maravillosa, decía, que es carajo. Yo tendría que recurrir a mi amigo y conocedor, Arturo Pérez Reverte, conocedor en cuanto a la navegación, porque tengo entendido que el carajo era el lugar donde se colocaba el vigía, en lo alto de los mástiles de los barcos para divisar tierra o lo que fuere; entonces mandar a una persona al carajo era estrictamente eso, mandarlo ahí arriba. Amigos mexicanos con los que estuve cenando anoche me estuvieron enseñando una cantidad de malas palabras mexicanas. Ahora que lo pienso creo que me estaban insultando porque se suscitó un problema con la cuenta a la hora de pagar. Me explicaban que las islas Carajo son unas islas que están en el océano Indico. En España, el carajillo es el café con coñac y acá apareció como mala palabra, al punto que se llega a los eufemismos, se decía caracho; es de una debilidad absoluta y de una hipocresía... ¿no? A veces hay periódicos que ponen: "El senador Fulano de Tal envío a la m... a su par". La triste función de esos puntos suspensivos, realmente el papel absurdo que están haciendo ahí, merecería también una discusión acá, en el Congreso de la Lengua. Voy a ir cerrando. Hay otra palabra que quiero apuntar que creo es fundamental en el idioma castellano, que es la palabra "mierda", que también es irremplazable. El secreto de la contextura física está en la R —anoten las docentes—, porque es mucho más débil como la dicen los cubanos: mieLda, que suena a chino, y eso —yo creo que ahí está la base de los problemas que ha tenido la Revolución cubana—, le quita posibilidades de expresividad. Voy cerrando, después de este aporte medular que he hecho al lenguaje y al Congreso. Lo que yo pido es que atendamos a esta condición terapéutica de las malas palabras. Mi psicoanalista dice que es imprescindible para descargarse, para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único que yo pediría (no quiero hacer una teoría) es reconsiderar la situación de estas palabras. Pido una amnistía para la mayoría de ellas. Vivamos una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje, que las vamos a necesitar.

Roberto Fontanarrosa

lunes, 4 de febrero de 2008

Citas de J. L. Borges

¿Quién soy? Estoy tratando de averiguarlo.

La duda es uno de los nombres de la inteligencia.

En mi país se pasan quince minutos diciendo que no hace falta presentarme y diciendo que van a ser breves en la presentación; y así pueden estar una hora sin haberme presentado.

Yo siempre seré el futuro Nóbel. Debe ser una tradición escandinava.

No sé si la instrucción puede salvarnos, pero no sé de nada mejor.

La Universidad debiera insistirnos en lo antiguo y en lo ajeno. Si insiste en lo propio y lo contemporáneo, la Universidad es inútil, porque está ampliando una función que ya cumple la prensa.

Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído.

Quizá haya enemigos de mis opiniones, pero yo mismo, si espero un rato, puedo ser también enemigo de mis opiniones.

Yo creo que de todos los géneros quizá el policial sea el más artificial, porque en verdad los crímenes no se resuelven por razonamientos, sino por delaciones.

Para el argentino, la amistad es una pasión y la policía una mafia.

Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuese admirable.

Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es.

Yo nunca busco temas, dejo que los temas me busquen y yo los eludo, pero si el tema insiste, yo me resigno y escribo.

Publicamos nuestros libros para librarnos de ellos, para no pasar el resto de nuestras vidas corrigiendo borradores.

lunes, 21 de enero de 2008

JAIKUS

Poemas breves japoneses
El Jaiku (o Haiku), composición breve originada en Japón, que capta el instante, es el reflejo de la emoción que invade al poeta en ese momento, normalmente provocada por su percepción de la naturaleza, el sentimiento que su belleza inigualable le inspira, dependiendo también de la estación en que es contemplada, o imaginada; en él cada palabra está plena de significación. Quizá fue Bashõ, considerado por muchos el más grande poeta de Japón, quien mejor lo definió: "Jaiku es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento". Como estructura poética independiente cobró vida en el siglo XVI, pero fue en el XVII cuando alcanzó su forma más definitiva y clásica gracias a Bashõ: antes no era más que la simple exposición de sentimientos humorísticos y desconcertantes, él lo elevó a la dignidad de gran género literario.
.
A la intemperie,

se va infiltrando el viento
hasta mi alma.
Bashõ
.
Es ya mi aldea
un sueño en un viaje.
Ave de paso.
Kiorai
.
No tiene nada
mi choza en primavera.
Lo tiene todo.
Sodõ
.
Al que la corta
le otorga su perfume:
flor del ciruelo.
Chiio
.
Los días lentos
se apilan, evocando
un viejo antaño.

Buson
.
Con un farol
pasea en el jardín:sufriendo
al ver morir la primavera.
Buson
.
El ruiseñor
unos días no viene,
otros dos veces.
Kitõ
.
Nace el otoño.
Se deslizan las nubes
y se ve el viento.
Chora
.
Todos los años
sufro distinto al ver
irse la primavera.
Seira

.
Flora el ciruelo
y canta el ruiseñor,
pero estoy solo.
Issa
.
Le sobrevive,
le sobrevive a todo
la frialdad.
Issa
.
De no estar tú,
demasiado enorme
sería el bosque.
Issa
.

Yo soy un huérfano,
yo soy una luciérnaga
que no da luz.
Issa
.
En las tinieblas
lo que ronda mis ojos
es su sonrisa
Issa
.
No lloréis, bichos,
que sufren desengaños
hasta los astros.
Issa
.
Una vez más
me he vuelto a quedar solo
y llueve en mayo.
Jekigodõ
.
¡Qué solitaria
mi vida, y qué bonito
el crisantemo!
Shoush